El análisis del entorno para el ejercicio 2026 exige una lectura que vaya mucho más allá de los tradicionales propósitos de año nuevo. Al cruzar los datos del Índice de Confianza del Consumidor (ICC) del INEGI con los últimos reportes de Agregados Monetarios del Banco de México (Banxico), no nos encontramos ante un escenario de parálisis, sino frente a uno de alta fricción financiera.
Inicialmente, el ICC nos reveló una divergencia estructural fascinante: las familias mexicanas mantienen una confianza resiliente en sus hogares, navegando por encima de los 50 puntos, mientras que su optimismo sobre el país se desploma por debajo de los 40 puntos.
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Fuente: INEGI.
Parece, a primera vista, una paradoja puramente psicológica: "me siento bien, pero veo mal al entorno". Sin embargo, con información de Banxico podemos confirmar que esta divergencia tiene un motivo muy real. El consumo del cierre de año se sostuvo, sí, pero la calidad de la deuda que lo financió se está deteriorando a niveles históricos.
La Historia Humana detrás del Dato Duro
Según Banxico, la cartera vencida del crédito al consumo —aquellos préstamos que las familias han dejado de pagar por más de 90 días— alcanzó en octubre un nivel inédito desde que se tiene registro en 2003: 53,895 millones de pesos, lo que representa un crecimiento anual del 18.5%.
Al contrastar los detalles con la evidencia gráfica del Índice de Morosidad (IMOR), se confirma que el deterioro no es homogéneo, sino que obedece a una estrategia de supervivencia selectiva donde el "foco rojo" indiscutible son los Créditos Personales, representados por la barra amarilla que domina el gráfico con un índice del 4.9%; esto valida el explosivo aumento del 50.7% en su cartera vencida y delata a un consumidor que utiliza estos préstamos para cubrir brechas urgentes de liquidez que ya no puede pagar.
Esta presión se extiende al crédito para bienes muebles —el financiamiento del confort diario como electrodomésticos—, lo que sugiere que las familias intentaron sostener su estilo de vida hasta que la realidad de sus ingresos lo hizo insostenible, mientras que, en una maniobra sofisticada, protegen su línea de vida financiera principal: las Tarjetas de Crédito, cuya morosidad (barra azul claro) se mantiene comparativamente más baja en 3.2%, evidenciando que el cliente está priorizando mantener su acceso al crédito transaccional mientras sacrifica sus deudas secundarias.
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Fuente: BBVA Research.
Para mí, la lectura estratégica es clara: estamos ante un consumidor sofisticado en su crisis. Hace malabares para proteger su línea de financiamiento principal (la tarjeta), mientras deja caer los pagos de los préstamos personales y del equipamiento del hogar. Es un cliente que prioriza, no uno que ha dejado de consumir por completo. Es un cliente que comenzará a subir sus defensas.
El Consumidor Defensivo
Este hallazgo revela una realidad más compleja que una simple paradoja: el consumidor proyecta estabilidad en su ingreso para 2026, pero sabe que su liquidez está amenazada por el endeudamiento. La cartera no está libre para el gasto, sino comprometida en una estrategia de supervivencia financiera.
Dicho arquetipo no corresponde al de un comprador en bancarrota que ha dejado de consumir, sino al de un auditor implacable de su propio capital. Es un individuo que vive una "solvencia vigilada": mantiene sus flujos de ingreso activos, pero gestionará sus egresos con una mentalidad de defensa para evitar la insolvencia.
Psicológicamente, es un cliente que ha aprendido a compartimentar: mientras protege celosamente su línea de crédito principal (su "salvavidas" transaccional), está dispuesto a sacrificar pagos secundarios o lujos superfluos si percibe el menor riesgo financiero. Antes de reservar una mesa o una habitación, este consumidor habrá realizado un análisis costo-beneficio silencioso pero brutal: "¿Vale esta experiencia el riesgo de comprometer el poco margen libre que me queda a fin de mes?". No buscará ofertas necesariamente, sino certezas de obtener lo que contrata.
Su lealtad ya no se compra con estatus ni con puntos; se gana con garantías de valor. Es un cliente que llega a nuestros establecimientos no para explorar, sino para refugiarse, exigiendo que la calidad recibida sea, como mínimo, equivalente al esfuerzo financiero que le cuesta estar ahí. Los errores operativos, platos y servicios mediocres o promesas incumplidas no le generarán solo molestia, sino una sensación de pérdida patrimonial que no perdonará y que tendrá repercusión en su revisión digital.
Navegando la Complejidad en la Hospitalidad
Para los empresarios de la hospitalidad, esta lectura es una advertencia contable disfrazada de estadística, pues confirma que el mercado ha entrado en una fase de "Consumo Defensivo" por necesidad, no solo por cautela. Sus clientes elevarán sus defensas para evitar la insolvencia; por tanto, aunque no dejarán de visitar sus establecimientos, su psicología de compra está mutando. En este entorno de fricción, el riesgo para el huésped o comensal es desestabilizar sus finanzas personales, lo que lo vuelve extremadamente sensible a cualquier disonancia en el valor que recibe a cambio de su flujo de efectivo limitado
La visión que planteamos en "Cómo diseñar experiencias de hospitalidad memorables con datos y emoción" cobra una relevancia instrumental crítica. El Job To Be Done del huésped ha evolucionado radicalmente. Ya no busca solo experiencias aspiracionales; en un mercado donde el Índice de Morosidad sube, el cliente buscará eficiencia en el gasto y mitigación de riesgo. Este cambio exige que afinemos nuestra capacidad de escucha para entender no solo lo que el cliente dice, sino lo que realmente siente.
Como exploramos en el artículo "Del dato al recuerdo: Construyendo estrategias con voz del cliente", la clave está en descifrar la connotación detrás de sus palabras. Cuando un cliente defensivo exige "calidad" hoy, la carga emocional de ese término ya no se refiere solo al sabor de los alimentos, sino a la garantía de que el gasto estará libre de arrepentimiento. La competencia en 2026, por tanto, no será por precio, sino por la capacidad de reducir la ansiedad del cliente a través de una experiencia impecable de servicio y con una genuina conexión de hospitalidad. El consumidor no puede permitirse el "costo de oportunidad" de una mala experiencia.
En este contexto, trasladar linealmente los aumentos de costos al menú o a las habitaciones, es una estrategia peligrosa. Se requiere una arquitectura de precios que proteja la contribución marginal, entendiendo que un cliente con créditos personales vencidos o por vencer, son extremadamente sensible al precio. Además, en un entorno de tanta fricción, la reputación online deja de ser una métrica de vanidad para convertirse en un amplificador de la voz para el cliente, y un activo financiero para el negocio. El Desafío Académico: Formando Profesionales de la Complejidad
Para el ecosistema universitario, este contexto valida la tesis central de "Del dato al recuerdo: Construyendo estrategias con voz del cliente": el modelo del "administrador operativo" es insuficiente para la realidad del 2026. La industria demanda arquitectos de estrategia.
La currícula académica podría evolucionar hacia la formación de un profesional verdaderamente "bilingüe", y no me refiero al dominio de idiomas como el inglés, francés, portugués o alemán. El talento en preparación universitaria deberá poseer la habilidad de conectar un reporte macroeconómico, en este caso de Banxico sobre cartera vencida o sobre la percepción de confianza del consumidor del INEGI, con la situación de su propiedad, con el objetivo de proyectar la rentabilidad de su hotel y/o restaurante, entendiendo que cuando los créditos personales fallan, el ticket/tarifa promedio se verá afectada.

Para lograr lo anterior, considero que la universidad debe exponer a sus estudiantes a la ciencia de datos aplicada no solo para el marketing, sino para la estrategia de negocio, interpretando el sentimiento del mercado como un indicador de viabilidad e integrando su juicio estratégico en el modelo de negocio que debe hacer frente a los retos y presiones que ejerce sobre el restaurante y/o el hotel.
El ejercicio 2026 no premiará la intuición ni el optimismo ciego. Deberá recurrir, forzosamente, el análisis riguroso y la capacidad de entender que detrás de cada cifra de cartera vencida hay una familia tomando decisiones difíciles. Tanto para el directivo en el consejo como para el alumno en el aula, el reto es elevar el nivel de sofisticación para gestionar un entorno donde el margen de error ha dejado de existir. La complejidad es la nueva normalidad; la inteligencia de datos, nuestra única brújula.
En una idea, lo resumiría de la siguiente manera: no basta con saber navegar el negocio; los profesionales de la industria ahora deben saber interpretar mapas complejos y “señales climáticas” del entorno para descubrir nuevas rutas antes que la competencia. Para encontrar océanos azules y evitar tormentas que amenacen la viabilidad del negocio. Todo esto será clave en el 2026 para convertir el miedo del cliente en lealtad hacia una marca, generando valor sostenible para los accionistas en el largo plazo.
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